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Dos dimensiones de la liberación en Cristo

Escrito por el 06/04/2021

La redención bíblica está íntimamente asociada a la idea de liberación. De hecho, la historia de Israel tiene como punto de partida la liberación de la esclavitud de Egipto. La esperanza de liberación no parecía posible ni por una revolución, un líder carismático o la simple benevolencia del opresor.

Pero cuando Israel ya vivía casi medio milenio de esclavitud, Yahvé mismo buscó a un israelita olvidado, un líder fallido que vivía exiliado en medio del desierto, para revelarle que Él conocía la aflicción de su pueblo y no había olvidado su pacto con Abraham. Ahora Moisés debía ir y decirles a los israelitas en nombre de Dios: “Yo soy el SEÑOR, y los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios. Los libraré de su esclavitud y los redimiré con brazo extendido y con grandes juicios. Los tomaré a ustedes por pueblo Mío, y Yo seré su Dios” (Éx 6:6-7a).

Esta declaración del Señor es tan singular porque enfatiza que nadie más que Dios mismo sacará, librará, redimirá y declarará a Israel como su pueblo y a Él como su Dios. La liberación total del pueblo, en todas sus áreas y facetas, solo descansaría y sería pagada (redimida) por Dios mismo, sin ninguna intervención humana.

Israel perdió su libertad en diferentes ocasiones y siempre fue Dios mismo quien ofreció y logró la tan ansiada liberación. Más de seiscientos años después del Éxodo, el Señor tendría que volver a recordarle a su pueblo lo que ya le había dicho a Moisés: “No temas, gusano de Jacob, ustedes hombres de Israel. Yo te ayudaré, declara el Señor, tu Redentor es el Santo de Israel” (Is 41:14). El destierro en Babilonia estaba cercano, una nueva esclavitud era latente, pero ellos podían vivir sin temor porque el Señor seguía siendo el único libertador atento y poderoso de Israel.

El evangelio anuncia que Jesucristo pagó el precio para liberarte del quebranto, reconstruir tu corazón y darte una vida nueva

El evangelio es la misma buena noticia que declara la redención y liberación ofrecida solo por el Señor. Cerca de ochocientos años después del profeta Isaías, Jesucristo mismo vuelve a tomar las palabras de Isaías al inaugurar su ministerio: “EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ… ME HA ENVIADO PARA PROCLAMAR LIBERTAD A LOS CAUTIVOS… PARA PONER EN LIBERTAD A LOS OPRIMIDOS” (Lc 4:18). Así Jesús proclama su divinidad al afirmar que la obra que vino a realizar es la liberación de los cautivos y oprimidos.

Estas dos palabras, cautivos y oprimidos, te muestran dos dimensiones precisas de la liberación que gozas en Cristo al haber sido redimido por su obra.

Liberación de la cautividad

Antes de Cristo eras un “cautivo”; es decir, estabas privado de tu libertad al estar sometido como si fueras un prisionero de guerra. Por un lado, eras prisionero del diablo, quien te tenía “cautivo… para hacer su voluntad” (2 Ti 2:26). Esa voluntad diabólica busca mantenerte engañado en la mentira con que opera todo el sistema mundial, negando y ocultando la verdad divina bajo un manto de tinieblas, mientras se le sigue ofreciendo a la humanidad una supuesta iluminación que le permitirá ser como el mismo Dios (Gn 3:5). ¡Una promesa falsa que nunca se ha cumplido ni se cumplirá!

El apóstol Pablo explica que esta cautividad es engañosa y opuesta al cristianismo porque aprisiona a través de “filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y no según Cristo” (Col 2:8).

Pablo enfatiza que lo que está en juego es la liberación de la esclavitud de los principios del mundo que tienen engañada a la humanidad. Él contrasta los principios engañosos y vacíos del mundo con los de Cristo. Justamente, el evangelio te presenta la liberación a través de la redención gratuita por gracia en Jesucristo, cuyo pago por tu pecado también incluye la liberación del engaño mentiroso del diablo (Jn 8:44) por medio de la verdad poderosa de la Palabra (Jn 8:3214:6).

Cristo fue a la cruz para rescatarte de la cautividad del mundo y para que seas libre con la verdad de la Palabra de Dios

Tan importante es la verdad de Jesucristo como elemento liberador, que Pablo no duda en llamarnos a dejar las cadenas de la cautividad y las ropas de prisionero, y a despojarnos “del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4:22-24).

Liberación de la opresión

Nuestro Señor Jesucristo vino para “poner en libertad a los oprimidos”. La palabra opresión en el original griego significa aquello “que está quebrado en pedazos”. Sabemos que la esclavitud del pecado nos somete a vejación, abuso y humillación constantes. El pecado nos quiebra, agobia, nos roba la esperanza y nos produce un profundo desasosiego. Todas las promesas del mundo sin Dios son engañosas, nunca se cumplen, y esa realidad oscura nos oprime hasta la muerte.

Cristo fue a la cruz para ser “Molido por nuestras iniquidades. El castigo de nuestra paz, cayó sobre Él, Y por Sus heridas hemos sido sanados” (Is 53:5). El evangelio anuncia que Jesucristo pagó el precio para liberarte del quebranto, reconstruir tu corazón y darte una vida nueva. Jesús te libera de una vida opresiva y degradante y si el Hijo te libera, serás “realmente libre” (Jn 8:36).

Una de las grandes promesas del evangelio es la liberación. Cristo fue a la cruz para rescatarte de la cautividad del mundo y para que seas libre con la verdad de la Palabra de Dios. Cristo fue quebrantado para que tú fueras reconstruido y hecho una nueva criatura. Así, cada uno de nosotros puede decir con todos los redimidos,

“Den gracias al Señor,
porque Él es bueno;
Porque para siempre es
Su misericordia.
Díganlo los redimidos del Señor,
A quienes ha redimido de la
mano del adversario…”
(Salmo 107:1-2).


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